En redes sociales se ha vuelto cada vez más común encontrar videos de personas que “liberan trauma” a través del cuerpo: temblores voluntarios, respiraciones intensas o movimientos repetitivos que prometen desbloquear emociones atrapadas. Bajo etiquetas como somatic therapy o somatic shaking, estas prácticas han ganado popularidad rápidamente. Pero, ¿qué hay detrás de esta tendencia? ¿Es una moda más o estamos frente a una herramienta clínica útil?
Primero, es importante aclarar un punto: el término “somatización” en medicina tiene un significado distinto. Tradicionalmente describe cuando el malestar emocional se expresa a través de síntomas físicos. Lo que hoy vemos en redes es más bien un redescubrimiento del cuerpo como vía de procesamiento emocional.
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Y esto no es nuevo. Sabemos desde hace décadas que el cerebro emocional —particularmente estructuras como la amígdala y la ínsula— procesa gran parte de la experiencia afectiva de forma no verbal. Es decir, muchas emociones no “se piensan”: se sienten en el cuerpo. Por eso, no todos los pacientes pueden —ni necesitan— empezar por la palabra.
Aquí es donde las terapias psicocorporales pueden tener un lugar. En pacientes con dificultades para identificar o expresar emociones (como ocurre en la alexitimia), o en quienes han vivido experiencias intensas que no logran narrar fácilmente, trabajar desde la respiración, la postura o la conciencia corporal puede abrir una puerta terapéutica distinta.
Además, hay bases neurobiológicas plausibles. Intervenciones centradas en el cuerpo pueden modular el sistema nervioso autónomo, favoreciendo un estado de mayor regulación: menos hiperactivación simpática (ansiedad) y más tono parasimpático (calma). En otras palabras, el cuerpo puede ayudar a “enseñar” al cerebro a sentirse seguro.
Sin embargo, aquí es donde conviene poner un límite claro. La evidencia científica sobre muchas de las técnicas que hoy circulan en redes es todavía limitada y heterogénea. No todas las prácticas tienen respaldo clínico sólido, y algunas promesas —como “liberar trauma en minutos”— simplifican en exceso procesos psicológicos complejos.
El riesgo no es menor: cuando se presentan como soluciones rápidas, pueden generar frustración o incluso hacer que las personas eviten tratamientos con mayor evidencia, como la psicoterapia estructurada o, en algunos casos, el tratamiento farmacológico.
Entonces, ¿cómo entender esta tendencia sin caer en extremos?
Ni todo es moda, ni todo es ciencia consolidada.
El punto clave es la integración. El cuerpo no sustituye a la mente, pero tampoco debe quedar fuera del abordaje. Las terapias más efectivas suelen ser aquellas que combinan ambos niveles: lo que pensamos, lo que sentimos y lo que experimentamos físicamente.
Quizá el verdadero valor de esta “somatización trendy” es recordarnos algo que la medicina moderna a veces olvida: que no somos solo pensamientos, sino organismos completos. Y que, para algunos pacientes, el camino hacia el bienestar no empieza diciendo “me siento mal”, sino sintiendo —por primera vez— que su cuerpo puede estar en calma.
Porque al final, entender la salud mental no es solo aprender a hablar de nuestras emociones, sino también aprender a habitarlas.
