¿Están las redes sociales volviendo más ansiosos a nuestros adolescentes? La pregunta no es nueva, pero la evidencia para responderla se acaba de ampliar con un estudio que analizó datos de las pruebas PISA 2022 de 143.203 jóvenes de 47 países.
Los investigadores, de las universidades de San Diego y Florida, cruzaron el tiempo que los chicos pasan en redes con sus niveles de ansiedad y nerviosismo, y los resultados son contundentes.
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El estudio entre el uso activo y pasivo de las redes sociales y afecto en la ansiedad en adolescentes de todo el mundo revela que tanto el consumo activo (publicar, comentar, enviar mensajes) como el pasivo (mirar sin participar) se asocian con un mayor estado de ánimo ansioso.
Y hay un dato que preocupa especialmente a nivel local: los adolescentes de América Latina parten de una base de ansiedad más alta que el promedio mundial.
Activos vs. pasivos: dos formas de navegar, un mismo efecto
Los investigadores distinguieron dos tipos de consumo. El uso activo implica interactuar: publicar fotos, compartir enlaces, enviar mensajes o comentar lo que otros suben. El uso pasivo, en cambio, es ese hábito tan común de "escrolear" sin participar, leer comentarios sin intervenir y observar las vidas ajenas sin interactuar.
Ambos comportamientos tienen consecuencias. Quienes dedican más de siete horas diarias a las redes, ya sea de forma activa o pasiva, reportan niveles significativamente más altos de ansiedad que aquellos que las usan menos de una hora o que directamente no las usan. El dato inquietante: las chicas son las más afectadas, con puntuaciones de nerviosismo hasta un 38% más altas entre las usuarias intensivas en comparación con las leves.
Ni todo es culpa de las redes ni son inocentes
Los autores del estudio son cuidadosos y reconocen las limitaciones de su trabajo. Admiten que no pueden establecer una relación causal: no saben si el uso intensivo de redes genera ansiedad o si, por el contrario, los jóvenes más ansiosos tienden a refugiarse más en ellas. Para desentrañar ese misterio, hacen falta estudios longitudinales que sigan a los mismos adolescentes a lo largo del tiempo.
Sin embargo, insisten en que la asociación es robusta y se repite en todas las regiones del mundo y en ambos sexos. El uso pasivo, ese que hacemos cuando miramos sin participar, parece tener un vínculo especialmente fuerte con la ansiedad, posiblemente porque fomenta la comparación social y el temor a perderse algo. El desafío ahora, señalan los expertos, es entender mejor esos mecanismos para poder diseñar estrategias de prevención efectivas.
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