TDAH

Detrás de la distracción hay un cerebro que merece ser comprendido

Dr. Peña: El TDAH es mucho más que distracción o exceso de energía, es una condición del neurodesarrollo que afecta la manera en que el cerebro regula la atención y los impulsos

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Cuando pensamos en el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, solemos imaginar a un niño inquieto, que no termina las tareas, interrumpe en clase o parece estar “en otro mundo”. Sin embargo, el TDAH es mucho más que distracción o exceso de energía. Es una condición del neurodesarrollo que afecta la manera en que el cerebro regula la atención, los impulsos, la motivación, el tiempo y la organización.

El problema aparece cuando estas dificultades se interpretan como flojera, falta de disciplina, mala educación o desinterés. Muchas personas con TDAH crecen escuchando frases como “échale ganas”, “concéntrate”, “eres muy inteligente, pero no te aplicas” o “si quisieras, podrías hacerlo”. Con el paso del tiempo, estos mensajes pueden deteriorar su autoestima y hacerles sentir que el problema está en su carácter, cuando en realidad necesitan comprensión, estrategias y, en algunos casos, tratamiento profesional.

El TDAH no significa que una persona no pueda prestar atención. Con frecuencia, puede concentrarse intensamente en actividades que le resultan estimulantes, novedosas o emocionalmente relevantes. La dificultad está en dirigir y sostener voluntariamente la atención cuando la tarea es monótona, larga o poco gratificante. También puede existir impulsividad, olvidos frecuentes, dificultad para iniciar actividades, calcular el tiempo, controlar emociones o mantener una rutina.

Aunque suele identificarse durante la infancia, el TDAH también existe en adolescentes y adultos. En esta etapa puede manifestarse como desorganización, procrastinación, problemas laborales, conflictos de pareja, olvidos constantes, cambios frecuentes de proyecto o una sensación permanente de estar rebasado. Muchas personas llegan a consulta después de años de esfuerzo excesivo, frustración y culpa.

Pero no toda distracción es TDAH. Vivimos rodeados de notificaciones, estímulos digitales, falta de sueño, estrés y jornadas prolongadas que afectan la concentración de cualquiera. Por eso, el diagnóstico no debe hacerse mediante videos en redes sociales ni con listas rápidas de síntomas. Se requiere una evaluación clínica completa, revisar la historia desde la infancia y descartar otras condiciones como ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, consumo de sustancias o problemas médicos.

Recibir un diagnóstico adecuado no debe convertirse en una etiqueta, sino en una explicación útil. Permite diseñar estrategias específicas, mejorar hábitos, adaptar el entorno y valorar tratamientos psicológicos o farmacológicos cuando están indicados. También ayuda a que las familias, escuelas y centros de trabajo sustituyan el juicio por herramientas concretas de apoyo.

Sensibilizar sobre el TDAH significa dejar de preguntar “¿por qué no puede hacerlo como los demás?” y comenzar a preguntarnos “¿qué necesita para funcionar mejor?”. Porque detrás de la distracción no hay necesariamente falta de interés. Hay un cerebro que procesa, organiza y regula de una manera diferente.

El TDAH no define a la persona. Pero comprenderlo puede cambiar su historia.