En los últimos días se ha vuelto tendencia el debate sobre el impacto psicológico de las guardias médicas prolongadas. No es un tema nuevo, pero sí cada vez más visible. Detrás de cada turno de 24, 30 o hasta 36 horas hay un cerebro sometido a privación de sueño, estrés sostenido y toma constante de decisiones críticas. Y aunque la cultura hospitalaria ha normalizado estas jornadas como parte de la formación y la vocación, desde la neuropsiquiatría sabemos que el cerebro no negocia con la biología.
Dormir poco no es simplemente “estar cansado”. La privación de sueño altera la función de la corteza prefrontal, responsable del juicio clínico, la planeación y el control de impulsos. Al mismo tiempo, aumenta la reactividad de la amígdala, estructura clave en el procesamiento del miedo y la amenaza. Esta combinación favorece irritabilidad, cambios de humor, menor tolerancia a la frustración y dificultades en la toma de decisiones complejas.
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Además, el estrés sostenido activa de manera crónica el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, elevando el cortisol y afectando los ritmos circadianos. Con el tiempo, esto impacta la memoria de trabajo, la atención sostenida y la velocidad de procesamiento. Diversos estudios han demostrado que la privación crónica de sueño puede deteriorar el rendimiento cognitivo en niveles comparables al consumo moderado de alcohol. ¿Aceptaríamos que un médico atendiera bajo esos efectos? Entonces, ¿por qué minimizamos el efecto del insomnio forzado?
Las guardias repetidas no solo producen agotamiento físico; también incrementan el riesgo de ansiedad, depresión y síndrome de burnout. Este último no es debilidad ni falta de carácter: es una respuesta psicológica a la exposición prolongada a demandas laborales intensas con escasa recuperación. El resultado es despersonalización, pérdida de empatía y sensación de ineficacia profesional. Paradójicamente, quienes dedicamos nuestra vida al cuidado solemos ser los más reticentes a reconocer nuestra propia vulnerabilidad.
La evidencia internacional ya discute la necesidad de rediseñar jornadas, limitar turnos excesivos y establecer políticas claras de descanso. No se trata de reducir la exigencia académica o clínica, sino de optimizar el rendimiento cognitivo y proteger la seguridad del paciente. Un profesional descansado no es menos comprometido; es más eficiente, más empático y más preciso.
También es fundamental incorporar programas formales de salud mental ocupacional en hospitales y universidades: espacios confidenciales de apoyo psicológico, detección temprana de síntomas afectivos y educación en higiene del sueño. Normalizar que un médico pueda pedir ayuda es un acto de responsabilidad, no de debilidad.
Cuidar al cuidador no es un lujo, es una estrategia de salud pública. Si queremos sistemas sanitarios más humanos y sostenibles, debemos reconocer que detrás de cada bata blanca hay un cerebro que necesita dormir, regular emociones y recuperarse. La vocación florece mejor cuando el profesional está emocional y cognitivamente íntegro. Y proteger esa integridad no es un privilegio: es una obligación ética del sistema.
