Para muchos, acompañar la comida con un refresco es parte de la rutina diaria y es que, en promedio, un mexicano consume 166 litros de refresco al año. Frío, burbujeante y dulce, parece un placer inocente. Pero detrás de ese sabor se esconde una realidad que las autoridades sanitarias llevan años advirtiendo: el consumo habitual de bebidas azucaradas es uno de los principales factores de riesgo para enfermedades crónicas prevenibles.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha señalado que el alto consumo de azúcares libres —entre los que destacan los presentes en refrescos y bebidas endulzadas— contribuye directamente al aumento de la obesidad, la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares en la región. Lo que parece un pequeño placer diario puede estar acumulando un costo alto para el organismo.
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El refresco puede causar daño metabólico
Cada lata de refresco de 355 mililitros contiene en promedio entre 35 y 40 gramos de azúcar, lo que equivale a cerca de 10 cucharaditas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que el consumo de azúcares libres no supere el 10% de la ingesta calórica diaria ideal, y sugiere reducirlo al 5% para obtener beneficios adicionales. Una sola lata puede agotar o incluso superar ese límite.
- Corazón y cerebro bajo amenaza
El impacto cardiovascular también es alarmante. Un estudio publicado en la revista Circulation de la American Heart Association, que analizó datos de más de 118,000 personas durante tres décadas, encontró que quienes consumían bebidas azucaradas con mayor frecuencia tenían un 31% más de riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, incluyendo infartos y accidentes cerebrovasculares.
El mecanismo detrás de esta relación es múltiple: el azúcar en exceso eleva los niveles de triglicéridos, favorece la inflamación crónica y contribuye al desarrollo de hipertensión arterial. Todos estos factores, combinados, crean un terreno fértil para que el corazón y las arterias comiencen a fallar.
??????(Foto: Canva)
- El vínculo con la diabetes y el cáncer
La Asociación Americana de la Diabetes (ADA) ha documentado que el consumo regular de refrescos azucarados se asocia con un aumento significativo en el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. Un estudio de la Escuela de Salud Pública de Harvard estimó que quienes consumen una o más latas al día tienen un 26% más de probabilidades de desarrollar la enfermedad en comparación con quienes consumen menos de una al mes.
Además, investigaciones recientes han encontrado vínculos entre el alto consumo de bebidas azucaradas y ciertos tipos de cáncer. Un estudio publicado en The BMJ sugirió que un aumento del 10% en el consumo de bebidas azucaradas se asociaba con un 18% más de riesgo de cáncer en general y un 22% más de riesgo de cáncer de mama.
¿Y si tomo refresco light?
Quienes optan por refrescos sin azúcar creen haber encontrado una alternativa segura, pero las evidencias también invitan a la cautela. La OMS ha señalado que los edulcorantes no calóricos no ayudan necesariamente a reducir la grasa corporal a largo plazo, y su consumo prolongado puede tener efectos metabólicos aún en estudio.
Algunas investigaciones sugieren que los edulcorantes artificiales alteran el microbiota intestinal y pueden mantener activa la preferencia por el sabor dulce, perpetuando patrones de consumo poco saludables. La mejor opción, coinciden los expertos, sigue siendo el agua simple, infusiones naturales o agua mineral sin aditivos.
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