En el futbol, la localía suele medirse en estadios llenos y aficiones ensordecedoras. Pero cuando el balón rueda en la Ciudad de México durante el Mundial 2026, existe un factor invisible que puede inclinar la cancha antes del pitazo inicial: el oxígeno. A 2,240 metros sobre el nivel del mar, cada pase y cada carrera demandan un precio extra a los pulmones no acostumbrados.
No es una superstición, es fisiología pura. Mientras los jugadores mexicanos, habituados a entrenar y competir en altura, mueven el balón con relativa normalidad, sus rivales provenientes de otros lados del mundo pueden sentir que el aire no les alcanza. La pregunta no es si la altura afecta, sino qué tan preparados llegarán quienes aspiren a ganar en el Estadio Azteca.
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La altura: Un rival invisible pero predecible
Según especialistas de Hospitales MAC, entre el 60% y el 80% de los futbolistas que provienen de zonas cercanas al nivel del mar experimentarán síntomas asociados a la menor disponibilidad de oxígeno.
El Dr. José de Jesús Zaragoza, Director Médico Nacional de la institución, explica que "la altura no representa un riesgo para un atleta profesional, pero sí puede influir en su desempeño y requerir procesos específicos de adaptación".
La fatiga prematura, el aumento de la frecuencia cardiaca, la disminución de la capacidad aeróbica y una recuperación muscular más lenta son las manifestaciones más comunes. Investigaciones en medicina deportiva documentan que, por encima de los 2,000 metros, el rendimiento aeróbico puede caer entre un 5% y un 15% sin una aclimatación adecuada. Por eso, muchas selecciones ya diseñan programas de preparación y monitoreo para sus jugadores antes de pisar territorio mexicano.
Los minutos finales, los más difíciles para los rivales
La verdadera ventaja mexicana no estará en el marcador, sino en los minutos finales de cada partido. Cuando el oxígeno escasea, el cerebro toma decisiones más lentas y los músculos responden con retraso. Un estudio de la Escuela de Medicina de la Universidad de Colorado demostró que la exposición aguda a altitudes superiores a 2,000 metros reduce el rendimiento en sprints repetidos, una exigencia típica del fútbol moderno. El Tri, adaptado por geografía, llega a esos minutos con una reserva que sus rivales ya agotaron persiguiendo sombras.
Esa ventaja se construye desde la infancia. Los futbolistas mexicanos que crecen y entrenan en el Altiplano desarrollan adaptaciones crónicas: mayor concentración de glóbulos rojos, capilares musculares más densos y una eficiencia respiratoria que ningún plan de diez días puede igualar. La altura no juega al futbol, pero quienes la habitan aprenden a jugar con ella.
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