Cada 7 de abril, el mundo conmemora el Día Mundial de la Salud impulsado por la Organización Mundial de la Salud, y en 2026 el llamado es claro: respaldar la ciencia. Pero más allá de los grandes discursos globales, este lema cobra verdadero sentido en un espacio mucho más cercano: la consulta médica de todos los días.
Como neuropsiquiatra, he sido testigo de cómo las decisiones clínicas no son simplemente una cuestión de experiencia o intuición. Son, o deberían ser, el resultado de un equilibrio entre el conocimiento científico más actualizado, la experiencia del médico y las características individuales de cada paciente. A esto lo conocemos como medicina basada en evidencia.
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En la práctica cotidiana, esto implica elegir tratamientos que han demostrado eficacia en estudios rigurosos, comprender los riesgos reales de cada intervención y evitar caer en modas o soluciones “rápidas” que no cuentan con respaldo científico. En salud mental, por ejemplo, esto es especialmente relevante: no todo lo que se vuelve viral en redes sociales es útil, ni todo síntoma requiere una etiqueta diagnóstica inmediata.
Un ejemplo claro de lo que ocurre cuando ignoramos la evidencia científica lo vemos en el uso indiscriminado de tratamientos sin sustento: desde suplementos “milagro” hasta la automedicación con psicofármacos recomendados en redes sociales. En consulta, no es raro encontrar pacientes que, tras seguir estas recomendaciones, presentan empeoramiento de sus síntomas, efectos secundarios evitables o retrasos en recibir un tratamiento adecuado. En salud mental, esto puede traducirse en crisis de ansiedad más intensas, insomnio crónico o incluso recaídas depresivas que pudieron haberse prevenido con un abordaje basado en evidencia.
La medicina basada en evidencia también es una herramienta de protección. Nos protege del exceso de intervenciones innecesarias, del uso indiscriminado de medicamentos y de la desinformación que, hoy más que nunca, circula con facilidad. En un entorno donde abundan recomendaciones sin sustento, la ciencia se convierte en una brújula indispensable.
Sin embargo, es importante entender que la evidencia no es estática. La ciencia evoluciona, se corrige, se cuestiona. Por eso, ejercer una medicina basada en evidencia no significa aplicar recetas rígidas, sino mantener una actitud crítica, actualizada y abierta al aprendizaje continuo.
Pero hay otro componente igual de importante: el paciente. La mejor evidencia pierde valor si no se adapta a la realidad, valores y contexto de quien la recibe. Decidir con ciencia también implica escuchar, explicar y construir en conjunto.
Hoy, más que nunca, necesitamos reivindicar el papel de la ciencia en la vida cotidiana. No solo en los grandes avances tecnológicos, sino en cada decisión médica, en cada tratamiento indicado y en cada conversación entre médico y paciente.
Porque al final, respaldar la ciencia no es solo un lema global. Es una responsabilidad diaria. Y es, también, una de las formas más honestas de cuidar la salud.
