En México, hablar de acceso efectivo a la salud pública sigue siendo, en muchos casos, una aspiración más que una realidad. Frente a este escenario, una empresa internacional del sector de supermercados comenzó a incursionar en los servicios médicos, lo que no debe leerse únicamente como una tendencia de mercado, sino como la respuesta a una demanda social que lleva años sin resolverse.
Lo que estamos viendo es una transformación silenciosa, pero profunda: grandes cadenas comerciales están convirtiendo sus redes de distribución en plataformas de bienestar. Ahí, entre anaqueles y cajas registradoras, comienzan a ofrecer consultas médicas, diagnósticos y tratamientos a precios accesibles, justo donde las personas viven y trabajan.
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Este cambio no ocurre de la nada. Tiene como telón de fondo una presión financiera creciente sobre los hogares mexicanos. De acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), el gasto de bolsillo en salud aumentó 7.9% entre 2022 y 2024, alcanzando un promedio de 6,421 pesos anuales por hogar. Para las familias de menores ingresos, la situación es aún más crítica: el incremento llega hasta 23%, destinando casi la mitad de ese gasto a la compra de medicamentos.
Las cifras dicen mucho, pero la realidad cotidiana dice más: tener afiliación a una institución pública no garantiza acceso oportuno a consultas, estudios o tratamientos. Así, millones de familias terminan pagando de su propio bolsillo lo que el sistema no logra cubrir.
Es en ese vacío donde los consultorios adyacentes a farmacia (CAF) han encontrado su razón de ser. Hoy representan, en la práctica, el sostén del primer nivel de atención, con cerca de 10 millones de consultas mensuales.
Su crecimiento es igual de revelador: más de 18 mil consultorios en todo el país, con una tendencia que apunta a superar los 20 mil en el corto plazo. Pero más allá de las cifras, su valor radica en algo mucho más simple: ofrecen lo que el sistema público no ha podido garantizar de manera consistente —inmediatez, cercanía y bajo costo—. Lo que comenzó como una solución para enfermedades leves hoy es un punto clave para el control de padecimientos crónicos como la diabetes o la hipertensión.
En este contexto, algunas empresas han dado un paso más allá. El caso de Walmart de México y Centroamérica resulta especialmente ilustrativo. La compañía no sólo ha integrado consultorios a sus tiendas, sino que está construyendo un ecosistema de atención médica más amplio. Recientemente aperturó su cuarto Centro de Servicios Médicos en Ciudad Nezahualcóyotl, con capacidad para atender a más de 200 pacientes diarios, es una señal clara de esta apuesta.
Su infraestructura es significativa: más de 1,570 farmacias y 580 consultorios, además de servicios que van desde medicina general y especialidades, hasta odontología y estudios clínicos. A esto se suma su “Programa Salud”, presente en miles de tiendas, que ofrece asistencia médica 24/7, ambulancias en emergencias y hasta atención veterinaria.
La estrategia es clara: integrar salud y consumo en un mismo espacio. Pero el impacto va más allá del modelo de negocio. Para millones de personas, estos servicios representan una alternativa real, inmediata y, sobre todo, costeable.
Aquí surge una pregunta inevitable: ¿estamos ante una solución innovadora o frente a un síntoma más de las fallas estructurales del sistema público? Probablemente ambas cosas sean ciertas.
Lo que no admite duda es que, mientras el acceso universal y efectivo a la salud siga siendo una deuda pendiente, la salud privada accesible continuará expandiéndose y consolidándose como el salvavidas de las familias mexicanas.
Ellas ya sostienen la industria, pero aún cargan prejuicios
La tercera edición de Twenty-Eight Women's Health Awards 2026, que se celebrará el 30 de septiembre en la Torre Mayor en la ciudad de México, no es solo un evento más del sector farmacéutico. Como lo plantea Ángel Bosch, coordinador del evento, un espacio que pone sobre la mesa una realidad incómoda: las mujeres ya lideran, pero aún no compiten en igualdad de condiciones.
Hoy ocupan puestos clave, toman decisiones y marcan el rumbo del mercado. Sin embargo, siguen enfrentando filtros que nada tienen que ver con su talento. Mientras a un hombre se le evalúa por su trayectoria, a una mujer todavía se le cuestiona por su vida personal. ¿Está embarazada? ¿Planea estarlo? La diferencia no es menor.
El propio Bosch lo ejemplificó con una anécdota: una directiva que, al enterarse de su embarazo, llegó a presentar su renuncia anticipando rechazo. La sorpresa fue otra: recibió una felicitación. El caso evidencia que hay avances, sí, pero también el peso de prejuicios que siguen operando, muchas veces de forma silenciosa.
El reto no es menor: transformar la cultura de una industria que ya depende del liderazgo femenino, pero que aún no termina de asumirlo.
