Cada vez que hablamos de epilepsia, la mayoría de las personas imagina una escena muy concreta: un cuerpo que cae al suelo, movimientos bruscos, pérdida de la conciencia y urgencia médica. Esa imagen no es incorrecta, pero sí incompleta. En el marco del Día Mundial de la Epilepsia, vale la pena hacer una pausa y ampliar la conversación: no todas las crisis epilépticas convulsionan, y no todas las crisis convulsivas son epilépticas.
El cerebro funciona a partir de señales eléctricas finamente coordinadas. Cuando estas señales se desorganizan de forma súbita y transitoria, hablamos de una crisis. Tradicionalmente se ha enseñado que estas alteraciones eléctricas afectan sobre todo a las áreas del movimiento, generando las convulsiones que todos reconocemos. Sin embargo, el cerebro es mucho más que músculos en acción.
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Existen descargas eléctricas repetitivas que pueden presentarse en regiones encargadas de la cognición, las emociones, la conducta o el comportamiento. Cuando esto ocurre, la crisis no se manifiesta con sacudidas corporales, sino con síntomas mucho más sutiles —y por eso mismo, frecuentemente ignorados o mal diagnosticados—.
Algunos pacientes pueden presentar episodios breves de desconexión del entorno, dificultades súbitas para hablar o comprender, cambios abruptos del estado de ánimo, miedo intenso sin causa aparente, alteraciones de la memoria, conductas automáticas o incluso explosiones de irritabilidad o agresividad que aparecen “de la nada” y desaparecen igual de rápido. En otros casos, la persona puede parecer distraída, ausente o emocionalmente desbordada por segundos o minutos, sin recordar con claridad lo ocurrido.
Estos eventos suelen confundirse con problemas psiquiátricos primarios, trastornos de ansiedad, ataques de pánico, crisis emocionales o incluso con “problemas de carácter”. El estigma se duplica: primero, porque no encajan con la idea tradicional de epilepsia; segundo, porque se juzgan como fallas personales y no como fenómenos neurológicos reales.
A esto se suma otro concepto clave en la concientización actual: las crisis convulsivas no epilépticas. Son episodios que pueden parecer convulsiones, pero que no se originan por una descarga eléctrica cerebral anormal, sino por mecanismos funcionales relacionados con el estrés, el trauma o la regulación emocional. No son simulación, no son voluntarias y tampoco “se quitan con ganas”. Requieren evaluación especializada y un abordaje distinto al de la epilepsia clásica.
Hablar de epilepsia hoy implica hablar de diversidad clínica, de cerebros que expresan la enfermedad de maneras distintas y de la necesidad de mirar más allá de las convulsiones. Implica también escuchar al paciente cuando dice “algo me pasa” aunque no haya caídas ni movimientos espectaculares.
En este Día Mundial de la Epilepsia, el llamado es claro: informarnos más, juzgar menos y entender mejor. Porque hay crisis que no mueven el cuerpo, pero sacuden profundamente la vida emocional, cognitiva y social de quien las vive. Reconocerlas es el primer paso para tratarlas con dignidad, ciencia y humanidad.
