Brenda Lizeth Peña Trujillo tiene 33 años y desde la adolescencia sintió que algo no estaba bien. Le encantaba pintar, pero había temporadas en las que podía pasar noches enteras creando, sin cansancio, sin necesidad de dormir. Y luego, de repente, llegaban semanas en las que no quería hacer nada. Se pasaba los días tirada en la cama, sintiéndose horrible, sin energía, sin ganas de vivir. "Yo me sentía como que estoy rara, estoy extraña, no debe de ser así", recuerda.
Fueron casi 18 años de esa montaña rusa emocional. Entró a la secundaria a los 12 años y no fue sino hasta los 30, después de un diagnóstico erróneo de ansiedad y depresión, que una psiquiatra le aplicó la batería de preguntas correcta y le confirmó lo que su esposo y su terapeuta ya sospechaban: Brenda tenía trastorno bipolar. Para entonces, ya había enfrentado crisis que la llevaron a urgencias psiquiátricas, episodios de sobremedicación y un intento fallido de internamiento.
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"Hasta que supe que tenía un nombre lo que me pasaba, sentí un alivio", confiesa Brenda. "Por fin tenía un porqué de lo que yo sentía desde que era más joven".
Un rostro entre millones
La historia de Brenda es más común de lo que parece. De acuerdo con la doctora Denis Rivera, médica especialista en psiquiatría y psiquiatría de enlace, se estima que entre el 1 y el 3% de la población mundial vive con trastorno bipolar, lo que equivale a entre 37 y 40 millones de personas afectadas. En México, la cifra ronda los 3 millones, pero solo la mitad tiene un diagnóstico formal, es por eso que el 30 de marzo se conmemora el día internacional para generar conciencia y sensibilizar sobre el tema
"Es un problema de salud pública subestimado", advierte la especialista. "El trastorno bipolar es de los padecimientos que tiene sintomatología muy abundante y muy problemática, y la discapacidad que produce afecta muchísimo la calidad de vida de los pacientes".
La doctora Rivera explica que el trastorno bipolar no es una sola condición. En la clasificación psiquiátrica existen dos tipos principales y un tercero llamado ciclotimia. El tipo uno se caracteriza por episodios de manía —esa exaltación extrema del ánimo que puede llevar a conductas de riesgo— acompañados de periodos de tristeza.
El tipo dos es el inverso: predominan los cuadros depresivos graves, con pequeños periodos de hipomanía, esa sensación de estar "un poquito más alegre de lo normal". La ciclotimia, por su parte, implica cambios de ánimo en un mismo día durante al menos dos años.
Cuando el estigma se convierte en barrera
Para Brenda, el diagnóstico tardío no fue casualidad. Antes de llegar a la psiquiatra que finalmente identificó su condición, pasó por consultas de urgencia donde le diagnosticaron ansiedad y depresión. Le recetaron clonazepam y alprazolam —"los de cajón", dice—, pero nunca abordaron el problema de fondo.
La doctora Rivera identifica en esta desinformación una de las principales causas del retraso diagnóstico. "El trastorno bipolar es de los padecimientos que tiene sintomatología muy abundante y muy problemática. Cuando les damos el diagnóstico y ofrecemos el tratamiento, el que les expliques que tienen una condición que no va a desaparecer, sino que se va a controlar, causa mucha molestia y rechazo al tratamiento".
Pero el problema va más allá del consultorio. La especialista señala que el estigma en torno a la salud mental, y específicamente al trastorno bipolar, es una barrera enorme. "Ha sido utilizado a través de los años como un peyorativo. La gente dice 'eres bipolar' para referirse a que alguien cambia de estado de ánimo fácilmente, sin conocer realmente de qué estamos hablando. Entonces, cuando les dan el diagnóstico, no quieren pertenecer a ese grupo".
Brenda lo ha vivido en carne propia. "Me han dicho cosas como 'mejor no te hago enojar porque te vas a poner bien loca' o 'te vas a querer aventar de un puente'. La gente que no trata contigo diariamente no lo comprende. Creen que es una forma de escapar de responsabilidad", relata.
Tratamiento: entre la farmacología y la psicoterapia
Cuando finalmente Brenda recibió el diagnóstico, comenzó un nuevo desafío: encontrar el tratamiento adecuado. La doctora Rivera destaca que la psiquiatría ha avanzado muchísimo en las últimas dos o tres décadas. "Los antipsicóticos actuales son muchísimo más eficaces y tienen una precisión muy importante. Están diseñados de modo que casi no producen efectos secundarios y casi no hay interacciones farmacológicas con otros medicamentos".
Sin embargo, Brenda ha enfrentado las limitaciones del sistema de salud. El litio, un regulador del estado de ánimo que le funcionaba muy bien, dejó de surtirse en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE).
"El medicamento dejó de estar disponible y me tuvieron que resetear otra cosa", comenta. Esa sustitución le provocó una crisis que casi termina en internamiento psiquiátrico.
La especialista enfatiza que la farmacología es solo una parte del tratamiento. "El apoyo de la psicoterapia es fundamental. Una terapia que funciona mucho es la cognitivo conductual, que es muy específica para ayudar a los pacientes a establecer rutinas y tener un control del aquí y del ahora".
Brenda lo confirma. Además de la medicación, ha encontrado estabilidad en su red de apoyo: su esposo, su hija adolescente, sus suegros. "Ellos me entienden, ven de cerca lo que me pasa y cómo lo vivo. Me ayudan a mantener la rutina".
Señales de alarma: el sueño como termómetro
Para la doctora Rivera, el principal síntoma que las familias deben vigilar es el sueño. "Lo primero que les pasa a los pacientes con trastorno bipolar es que empiezan a dejar de dormir. Una persona que no duerme bien más de tres días a la semana por un mes es un dato de alarma".
Otros signos de advertencia incluyen cambios de actitud, conductas de riesgo como compras innecesarias o apuestas, ausentismo laboral o escolar, y aislamiento familiar. Ante la sospecha, la recomendación es clara: acompañar, no invadir. "Si hay una sospecha, sí se debe llevar al paciente a revisión. Acompáñalo a una cita, espéralo en la sala de espera. No hay que dudarlo porque es un padecimiento que causa mucha disfunción".
Un mensaje de esperanza
Brenda es hoy testimonio de que el trastorno bipolar no es una sentencia. Ha aprendido a convivir con su condición, a explicar a sus alumnos de secundaria qué significa realmente, a desmontar mitos desde el salón de clases. "Cuando mis alumnos dicen 'está loco', yo les digo: aquí estoy yo también. Las diferencias no son nada malo".
La doctora Rivera lo confirma: una persona con trastorno bipolar puede vivir perfectamente bien y hacer su vida normal. Para lograrlo, identifica factores clave: aceptar el diagnóstico (lo que en psiquiatría se llama conciencia de enfermedad), apego al tratamiento, una red de apoyo sólida y una buena calidad de vida.
"Estas personas son muy sensibles a cambios emocionales, a cambios de horario, incluso al estrés positivo como un ascenso laboral o ganarse la lotería. Por eso es importante mantener contacto con su médico psiquiatra o psicólogo, aunque se sientan bien", advierte la especialista.
Sin salud mental no hay salud
En el marco del Día Mundial del Trastorno Bipolar, ambas entrevistadas coinciden en un mensaje fundamental. "Es importante que hablemos sobre salud mental", dice la doctora Rivera. "Las enfermedades mentales ocupan los primeros lugares de causa de enfermedades crónicas que causan disfunción a nivel mundial. Sin salud mental no hay salud".
Brenda lo resume con una reflexión personal: "El trastorno bipolar no es nada más sube y baja de emociones. Es más que eso. Y siempre hay que buscar respuestas para mejorar como personas. Si puedes mejorar tu calidad de vida, si puedes entenderte a ti mismo, vas a poder vivir bien".
Porque la conciencia, insiste la psiquiatra, no es solo individual. "Que hablemos de salud mental, que nos informemos, que sepamos para poder tener una mejor calidad de vida. Muchos de estos padecimientos lo que más causan es mala calidad de vida, no poder desempeñarnos como padres, como hijos, como trabajadores. Es un problema de salud importante por donde lo veas".
Brenda encontró su respuesta después de 18 años. Su mensaje para quienes aún la buscan es simple: "No se rindan. Hay un nombre para lo que sientes. Hay tratamiento. Hay esperanza".
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