Con el paso del tiempo, esos pequeños olvidos se vuelven más frecuentes. Un nombre que "tenemos en la punta de la lengua", una fecha que se nos escapa o una experiencia pasada que ya no logramos recordar con claridad. Lo que solemos aceptar como una molestia inevitable del envejecimiento tiene, en realidad, una explicación científica profunda: se trata del deterioro de la memoria episódica, esa capacidad fundamental que nos permite recordar eventos y vivencias personales.
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Aunque este declive cognitivo ha sido ampliamente documentado por la neurociencia, las causas exactas de por qué unas personas envejecen con la memoria más intacta que otras seguían siendo un enigma. Ahora, un estudio sin precedentes realizado en Noruega arroja luz sobre este fenómeno y plantea una conclusión reveladora: la pérdida de memoria no es un simple desgaste, sino el reflejo de una vulnerabilidad biológica que se acumula silenciosamente durante décadas.
La razón del por qué con el pasar del tiempo la memoria empeora
Un equipo de investigadores de la Universidad de Oslo, en Noruega, se propuso responder a una pregunta clave: ¿la pérdida de memoria responde a un proceso uniforme en todas las personas o está influida por factores de riesgo individuales? Para ello, y según publicó el portal ScienceAlert, los científicos reunieron datos de 3.737 personas cognitivamente sanas, a las que siguieron durante varios años.
La magnitud del análisis es una de sus principales fortalezas. "Al integrar datos de docenas de cohortes de investigación, ahora tenemos la imagen más detallada hasta el momento de cómo se desarrollan los cambios estructurales en el cerebro con la edad y cómo se relacionan con la memoria", explicó Álvaro Pascual-Leone, neurólogo de la Facultad de Medicina de Harvard y uno de los autores del estudio.
El hipocampo no está solo: un mapa complejo del olvido
Durante años, los científicos señalaron al hipocampo como el principal responsable de los fallos de memoria. Y si bien esta región, clave para el aprendizaje y la orientación, sigue siendo protagonista, los resultados del estudio revelaron un panorama mucho más complejo.
La investigación demostró que el deterioro de la memoria no se explica por cambios en una sola zona del cerebro. La reducción del volumen del tejido cerebral se asoció a un peor desempeño en memoria episódica, pero esta relación fue desigual y se intensificó notablemente con la edad, especialmente en personas mayores de 60 años. El efecto fue aún más marcado en quienes presentaban una reducción del volumen cerebral más rápida que el promedio, confirmando que la velocidad del desgaste importa tanto como el desgaste mismo.
El factor genético bajo la lupa
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio noruego tiene que ver con la predisposición genética. Los investigadores pusieron especial atención en los portadores del gen APOE e4, una variante genética asociada a un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer.
En estos individuos, los científicos observaron una pérdida más acelerada del tejido cerebral y un deterioro mayor de la memoria en comparación con el resto de los participantes. Sin embargo, algo llamó poderosamente la atención del equipo: la trayectoria general del deterioro fue similar a la de las personas sin el gen. Es decir, el gen acelera el proceso, pero no cambia su naturaleza, lo que sugiere que el envejecimiento cerebral sigue un patrón común, aunque con velocidades distintas.
Implicancias para la prevención: una ventana de oportunidad
Lo que hace verdaderamente relevante a esta investigación son sus implicancias para el futuro de la prevención y el tratamiento. "El deterioro cognitivo y la pérdida de memoria no son simplemente consecuencia del envejecimiento, sino manifestaciones de predisposiciones individuales y procesos relacionados con la edad que posibilitan procesos y enfermedades neurodegenerativas", afirmó Pascual-Leone.
En otras palabras, el estudio sugiere que la pérdida de memoria refleja una vulnerabilidad biológica acumulativa en el cerebro a lo largo de décadas. Esto significa que las futuras terapias no podrán enfocarse en una sola región cerebral o en un único gen, sino que deberán abordar múltiples áreas. Además, los investigadores concluyen que los tratamientos podrían ser mucho más efectivos si se aplican de forma temprana, antes de que los síntomas sean evidentes, abriendo una ventana de oportunidad crucial para la medicina preventiva.
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