El Super Bowl LX enfrentará a los Patriotas de Nueva Inglaterra y los Halcones marinos de Seattle, este espectáculo deportivo será uno de los eventos más vistos en México y Estados Unidos y es un buen momento para hablar de la huella cerebral que dejan los golpes en los jugadores de futbol americano.
El futbol americano profesional representa la cúspide del atletismo, donde la potencia, la estrategia y la resiliencia física se combinan en un espectáculo de alto impacto. Sin embargo, detrás de las jugadas espectaculares y la gloria deportiva, se esconde una realidad neurológica preocupante que la ciencia comienza a descifrar. Los cuerpos de estos superatletas están diseñados para el choque, pero sus cerebros, suspendidos en un delicado líquido, pagan un precio por cada golpe y tacleada.
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Aunque las reglas han evolucionado para priorizar la seguridad, el contacto sigue siendo la esencia del deporte. La pregunta crítica ya no es si los golpes tienen consecuencias, sino cómo y cuándo estas alteraciones cerebrales comienzan, y si es posible detectarlas antes de que se manifiesten como enfermedades degenerativas. Estudios recientes, utilizando tecnología de vanguardia, están mapeando por primera vez estas lesiones invisibles en jugadores vivos, cambiando para siempre nuestra comprensión del riesgo.
La sombra de la ETC: Un hallazgo que solo se puede detectar después de la muerte
La evidencia más contundente sobre el daño cerebral en estos atletas proviene de estudios realizados después de la muerte a exjugadores profesionales de la National Football League (NFL), la liga profesional de futbol americano de los Estados Unidos.
Una investigación de la Universidad de Boston que analizó los cerebros de 376 ex jugadores de la NFL arrojó un dato devastador: 345 de ellos (el 92%) presentaban signos de Encefalopatía Traumática Crónica (ETC).
Esta enfermedad neurodegenerativa, vinculada directamente a traumas craneoencefálicos repetitivos, se caracteriza por la acumulación anormal de una proteína llamada tau, que asfixia y mata las neuronas.
El problema fundamental con la ETC es que, hasta ahora, solo puede diagnosticarse de manera definitiva mediante una autopsia. Este hecho dejaba a los jugadores activos y retirados en una terrible incertidumbre, sin saber si el deterioro cognitivo, los cambios de humor o los problemas de memoria que podían experimentar tenían su origen en estos cambios cerebrales. La sombra de la ETC planteó una urgente necesidad médica: encontrar marcadores que permitan identificar el daño en vida.
Ya se han detectado daños cerebrales en jugadores vivos
Un estudio pionero dirigido por investigadores de Johns Hopkins marcó un punto de inflexión. Los científicos reclutaron a 27 exjugadores de la NFL (con una media de 6 años de carrera) y los compararon con 27 nadadores de élite (deporte sin contacto). Todos se sometieron a una batería de pruebas neuropsiquiátricas, resonancias magnéticas y tomografías por emisión de positrones (PET) de última generación.
Los hallazgos, publicados en revistas especializadas, fueron contundentes. Las imágenes PET mostraron niveles significativamente más elevados de la proteína TSPO en los cerebros de los exjugadores. Esta proteína es un marcador de inflamación cerebral, lesión y procesos de reparación. El aumento fue generalizado, pero se concentró con mayor intensidad en regiones críticas como la corteza frontal, el cíngulo y el hipocampo, áreas asociadas con la toma de decisiones, el control emocional y la memoria, coincidiendo con los patrones observados en autopsias de ETC.
Los jugadores de futbol americano también presentaron problemas de memoria y cognición
En las pruebas cognitivas estandarizadas, el desempeño general de los exjugadores fue similar al de los nadadores, con una excepción crucial: las pruebas de aprendizaje y memoria. En estas, los atletas del futbol americano mostraron un rendimiento más bajo. Además, se observó una variabilidad mucho mayor en sus puntuaciones en comparación con el grupo control.
Esta variabilidad sugiere que el impacto del juego afecta de manera distinta a cada jugador, posiblemente dependiendo de la posición, el número de impactos y la genética individual. El hecho de que la memoria sea una de las funciones más vulnerables es especialmente significativa, ya que los déficits en este ámbito son a menudo precursores de condiciones más graves como la demencia. El estudio demostró que es posible medir cambios biológicos y sutiles déficits funcionales mucho antes de que se declare una enfermedad clínica completa.
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