La epigenética es una rama de la biología que estudia cómo factores ambientales pueden modificar la expresión de nuestros genes sin alterar la secuencia del ADN. Estas modificaciones pueden activarse o desactivarse dependiendo de experiencias de vida, como el trauma temprano.
Investigaciones recientes han demostrado que la exposición a violencia, negligencia o abuso durante la infancia genera cambios epigenéticos que alteran la expresión de genes relacionados con el manejo del estrés, la regulación emocional y la inflamación.
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Estos cambios, en particular la metilación del ADN, pueden persistir durante la vida y aumentar la vulnerabilidad a trastornos afectivos y de ansiedad en la adultez.
¿Cómo afecta el trauma a nivel cerebral?
El estrés severo en edades tempranas puede modificar circuitos neuronales clave en el cerebro, especialmente en áreas como la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal. La amígdala, encargada de procesar el miedo, puede volverse hiperreactiva, lo que aumenta la percepción de amenaza y predispone a la ansiedad.
Por otro lado, el hipocampo, relacionado con la memoria y la regulación del estrés, puede reducir su volumen, afectando la capacidad para gestionar emociones y recordar eventos de manera objetiva.
Nuevas evidencias: El caso de la población siria
Un estudio reciente publicado en MedicalXpress analizó los efectos epigenéticos de la violencia extrema en generaciones futuras. Investigadores de la Universidad de Florida encontraron alteraciones epigenéticas significativas en los nietos de mujeres embarazadas durante la masacre de Hama en Siria en 1982, donde miles de personas murieron.
Los investigadores identificaron 14 áreas del genoma modificadas en estos descendientes, demostrando que el trauma severo puede dejar marcas genéticas que persisten a través de generaciones. Además, detectaron 21 sitios epigenéticos alterados en personas expuestas a violencia directa, lo que sugiere que las experiencias traumáticas pueden modificar genes relacionados con la respuesta al estrés y la inflamación.
Este estudio refuerza la teoría de que la violencia y el estrés extremo pueden tener un impacto transgeneracional, aumentando la susceptibilidad de los descendientes a trastornos afectivos y de ansiedad, incluso sin haber vivido directamente esos eventos traumáticos.
Enfermedades afectivas y ansiedad: Una conexión desde la infancia
Los cambios epigenéticos provocados por el trauma se han relacionado con un aumento en la prevalencia de trastornos como la depresión, el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) y el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Estos cambios no solo afectan a la persona expuesta al trauma, sino que también pueden transmitirse a través de generaciones, como demostró el estudio sobre la población siria.
Mecanismos epigenéticos involucrados
El principal mecanismo epigenético asociado al trauma es la metilación del ADN, un proceso que puede silenciar genes clave en la regulación del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA), responsable de la respuesta al estrés. Cuando este eje se desregula, aumenta la producción de cortisol, la “hormona del estrés”, lo que a largo plazo incrementa el riesgo de desarrollar trastornos afectivos.
Otro mecanismo involucrado es la modificación de histonas, que puede alterar la forma en que el ADN se empaqueta y regula la expresión de genes asociados con la plasticidad neuronal y la resiliencia emocional.
¿Se pueden revertir estos cambios?
A pesar de que las modificaciones epigenéticas pueden persistir durante años, investigaciones sugieren que intervenciones psicoterapéuticas, mindfulness y técnicas de reducción del estrés pueden modificar estas marcas epigenéticas. El fortalecimiento de redes de apoyo social y ambientes seguros también puede mitigar los efectos del trauma infantil.
Conclusión
La epigenética del trauma ofrece una nueva perspectiva para entender por qué algunas personas desarrollan enfermedades afectivas y de ansiedad tras experiencias traumáticas en la infancia. Estudios recientes, como el análisis de la población siria expuesta a la violencia, refuerzan la hipótesis de que las cicatrices emocionales no solo afectan a quienes las viven, sino que pueden transmitirse a las generaciones futuras.
Reconocer estos mecanismos permite diseñar intervenciones tempranas y estrategias de prevención para reducir el impacto del trauma en las futuras generaciones. Así como, estos hallazgos subrayan la importancia de crear entornos seguros para niños y adolescentes, protegiendo su salud mental y evitando que las huellas del trauma se perpetúen en su ADN.
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