La adolescencia siempre ha sido un campo de batalla entre la identidad y la aceptación, pero hoy esa lucha se libra, para miles de jóvenes, en un territorio especialmente peligroso: su relación con la comida y su propio cuerpo. Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) –como la anorexia, la bulimia o el trastorno por atracón– han dejado de ser una rareza clínica para convertirse en una preocupación de salud pública en auge.
Cifras de la Secretaría de Salud señala que, en México, el 25 por ciento de adolescentes padece en diferentes grados un trastorno de la alimentación; la mayoría de los casos, asociados con algún problema mental.
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Mientras que, en España, se estima que uno de cada veinte adolescentes presenta un TCA, sumando unas 400 mil personas afectadas, según la Fundación FITA.
Este incremento no es casual. Especialistas advierten que la pandemia actuó como un detonante global, pero no como la causa única. “Desde la pandemia se ha documentado un aumento de entre el 20% y el 40% en diagnósticos y hospitalizaciones por TCA”, explican la Dra. Ana Jiménez-Perianes y el Dr. Robin Rica Mora, profesores de la Universidad CEU San Pablo.
La pérdida de rutinas, el aislamiento social y una sensación de caos generalizado crearon el caldo de cultivo perfecto para que adolescentes vulnerables centraran en su cuerpo y su alimentación toda la ansiedad de un mundo incierto.
Un cóctel tóxico: vulnerabilidad, redes sociales y nuevos perfiles
Los expertos son tajantes: no existe un único culpable. La génesis de un TCA es multifactorial, donde confluyen una predisposición biológica, factores psicológicos individuales y un contexto sociocultural tóxico. “El TCA suele ser la consecuencia de un problema previo de salud mental; centrarse solo en la comida o el peso deja al paciente en una situación de mayor vulnerabilidad”, afirma la psicoterapeuta Constanza Fernández de Gamboa. La baja autoestima, el perfeccionismo extremo y la dificultad para gestionar emociones como la tristeza o la ira son el sustrato común.
En este terreno fértil, las redes sociales actúan como un potente acelerador. “No son la causa directa, pero actúan como un potente amplificador del riesgo”, señala Cristina García, psicóloga del Colegio Highlands Los Fresnos. La exposición constante a cuerpos editados, ideales de delgadez extrema o de musculatura inalcanzable, y los mensajes sobre dietas restrictivas distorsionan la realidad. Según estudios citados por expertos del CEU, hasta un 65% de los adolescentes se siente peor con su cuerpo tras consumir este tipo de contenidos.
Señales de alarma y la urgencia de una mirada multidisciplinar
Detectar a tiempo es la clave para un pronóstico favorable. Las familias y educadores deben estar alerta ante cambios sutiles: evitar comidas sociales, un interés obsesivo por las calorías y los “alimentos puros”, fluctuaciones bruscas de peso, irritabilidad, aislamiento o un rendimiento académico en caída libre. “Muchos TCA comienzan de forma atípica y se normalizan como ‘cosas de la edad’”, señala Jiménez-Perianes.
El tratamiento exige un abordaje integral y prolongado. “No existe una solución rápida; se requiere un abordaje multidisciplinar, sostenido en el tiempo y adaptado a cada caso”, subraya el profesor Enrique Berbel Serrano, de la Universidad Nebrija. Esto implica coordinación entre pediatría, psiquiatría, psicología y nutrición, con la familia como pilar fundamental en la recuperación. La terapia cognitivo-conductual ha demostrado gran eficacia, especialmente en trastornos como la bulimia.
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