Para millones de personas con fobia a las inyecciones, vacunarse es un trago amargo. Pero ¿y si literalmente fuera un trago? Chris Buck, virólogo del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos y cervecero casero desde hace tres décadas, unió sus dos pasiones para crear un prototipo que desafía todas las convenciones: una cerveza que introduce una vacuna en el organismo.
Su idea consiste en modificar genéticamente la levadura viva utilizada para fermentar la bebida, insertando en ella el preparado biológico. Al beberla, la levadura provocaría una respuesta inmunitaria sin necesidad de pinchazos.
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Aunque el experimento apenas se probó en él y en su hermano, el debate sobre sus implicaciones éticas y científicas ya estalló.
Una vacuna hecha en la cocina de su casa
Las autoridades no vieron con buenos ojos el proyecto. Su institución le prohibió experimentar con cerveza en el trabajo, así que Buck fundó una organización sin fines de lucro y trasladó la investigación a su hogar. Junto a su hermano Andrew y otros familiares, probó la cerveza-vacuna y asegura que ambos generaron anticuerpos sin efectos secundarios.
Los resultados se compartieron en Zenodo, una plataforma de intercambio de datos, pero ningún otro científico los ha revisado formalmente. De hecho, un comité del Instituto Nacional de Salud bloqueó su publicación en bioRxiv por tratarse de un autoexperimento.
En febrero de este año, Buck recibió una suspensión temporal remunerada mientras se investiga su caso, aunque la notificación aclaró que no era una medida disciplinaria.
La “vacuna” ha recibido críticas
La propuesta divide aguas. Michael Imperiale, virólogo de la Universidad de Michigan, fue tajante: “No podemos sacar conclusiones basándonos en haber probado esto con dos personas”. Arthur Caplan, exdirector de ética médica en la Universidad de Nueva York, consideró que quizás este sea “el peor momento imaginable” para presentar una vacuna-cerveza, dada la hostilidad social hacia las vacunas.
Sin embargo, otros colegas ven potencial. Bryce Chackerian, virólogo de la Universidad de Nuevo México, admite que la idea es “muy emocionante”. Si la levadura logra sobrevivir al estómago e interactuar con las células inmunitarias del intestino, la técnica podría aplicarse a otras enfermedades.
El propio Buck ya apunta a la covid-19, la gripe aviar H5N1 y los cánceres causados por el VPH como próximos objetivos.
¿Medicamento o bebida?
El virólogo explora una vía aún más controvertida: distribuir su creación como una bebida y no como una vacuna, lo que esquivaría la estricta aprobación de la
Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA). “Las vacunas son medicamentos. Todos lo sabemos. No hay forma de ocultar ni de disfrazar las vacunas. Pero el hecho de que algo sea un medicamento no significa que no pueda ser también un alimento”, defiende Buck.
La ciencia ya demostró que las vacunas orales funcionan —existen contra el cólera, la poliomielitis y el rotavirus—, y eso respalda la viabilidad teórica de la propuesta. La gran incógnita es si el sistema científico y la sociedad están preparados para aceptar que una cerveza en un bar pueda reemplazar el pinchazo en un consultorio médico.
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