El día que le confirmaron que tenía cáncer de mama, Mayela Pérez Hernández no preguntó por qué le estaba pasando a ella. Tampoco habló de rendirse, ni de la posibilidad de la muerte.
Cuando salió del consultorio y encontró a su familia esperando una respuesta, les dijo algo que aún hoy resume la manera en que enfrentó la enfermedad: “estoy bien, pero voy a estar mejor”.
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Tenía 48 años y minutos antes había recibido un diagnóstico que suele sacudir la vida de cualquier persona. Sin embargo, mientras el miedo comenzaba a instalarse alrededor suyo, ella tomó una decisión que la acompañaría durante cada consulta, cada estudio, cada cirugía y cada sesión de quimioterapia: “para mí el cáncer no fue sinónimo de muerte, fue sinónimo de lucha”.
Pero la historia había comenzado unos meses antes, durante unas vacaciones en julio de 2021, como parte de una rutina que mantenía desde años atrás, realizó una autoexploración y detectó una pequeña bolita en el seno izquierdo.
Su médico general, el doctor Federico Bonilla, le recomendó no confiarse y acudir con un especialista. La referencia la llevó con el doctor Fernando Mainero, quien realizó los estudios iniciales. Hoy ellos son un par de "ángeles" que encontró a su paso.
El resultado dejó poco margen para el optimismo debido a que “me dijo que había 5% de posibilidades de que fuera benigno y 95% de posibilidades de que fuera maligno”.
La biopsia confirmó el diagnóstico: el tumor estaba alimentado por un importante desequilibrio hormonal por el climaterio y avanzaba rápidamente. Cuando fue detectado medía cerca de un centímetro; para el momento de la cirugía, 3 meses después, había superado los cuatro centímetros.
A partir de entonces comenzaron los procedimientos, las consultas médicas y las decisiones difíciles. En octubre de 2021 fue sometida a una mastectomía y después recibió seis sesiones de quimioterapia. Pero cuando recuerda esa etapa, Mayela no habla de hospitales ni de medicamentos, habla de las personas que estuvieron a su lado: habla de su esposo, de su hija, de su hermana, de la familia que la sostuvo cuando el tratamiento le arrebataba las fuerzas.
“Hubo días muy críticos, había momentos en que ya no podía sostenerme sola y ellos estaban ahí”, por eso insiste en que la historia no es únicamente a ella, “no nada más fui yo una guerrera. También mi familia”.
Los meses de tratamiento estuvieron marcados por náuseas, vómitos, diarreas, agotamiento físico y la caída del cabello. Mientras muchas personas recuerdan esa imagen como una de las pérdidas más dolorosas, ella la habla con serenidad y emoción. Esa misma actitud apareció antes de entrar al quirófano, pues Mayela sabía que estaba a punto de perder una parte importante de su cuerpo y antes de la cirugía decidió despedirse de su seno, "le di las gracias porque me permitió amamantar a mi hija”.
También habló con la enfermedad: "le dije al cáncer que sabía lo poderoso que era, pero que mi decisión era vivir”.
Hoy, a sus 52 años, sigue emocionándose al recordar aquel momento. No porque represente una derrota, sino porque simboliza la forma en que eligió enfrentar uno de los periodos más difíciles de su vida. Actualmente continúa bajo vigilancia médica y tratamiento de remisión, y los resultados han sido favorables.
Con el paso de los años ha encontrado un nuevo propósito en compartir su historia con otras personas que reciben un diagnóstico similar. A ellas les repite algo que aprendió durante el proceso, "no estás sola, no va a ser fácil, pero no es imposible".
La historia de Mayela encuentra eco en la de Armando Segura, quien hace 10 años enfrentó un cáncer de testículo derecho. Cuando recibió el diagnóstico, la reacción fue inmediata y muy distinta a la de Mayela: “lo primero que pensé fue que me iba a morir”.
Tenía 42 años y durante ocho meses enfrentó un tratamiento que incluyó 20 sesiones de quimioterapia. Recuerda especialmente una etapa en la que el desgaste físico y emocional parecía rebasarlo. "Sentía que me quemaban el estómago me daban muchos mareos, vómito y diarrea".
Hubo momentos en los que pensó en rendirse, sin embargo, logró superar la enfermedad y reconstruir su vida y una década después, la principal lección es simple: "hay que vivir la vida día a día".
Cuando se le cuestiona qué celebra hoy, responde sin pensarlo: "la vida”.
En el Día Mundial del Superviviente de Cáncer, ambas historias recuerdan que detrás de cada diagnóstico existe una experiencia distinta. Historias marcadas por tratamientos y emociones diferentes, pero unidas por una misma certeza: después del cáncer, las cosas más simples adquieren un valor extraordinario.
