CÁNCER

“Pensé que me iba a morir”: la historia de Ana tras un tumor cerebral

Los gastos médicos, las secuelas emocionales y la falta de cobertura siguen convirtiendo muchas enfermedades neurológicas en una batalla económica y personal para miles de familias en México

Escrito en ESPECIALIDADES el

Hay enfermedades que llegan con dolor, señales de alerta o síntomas imposibles de ignorar, pero otras avanzan en silencio durante años, mientras la vida parece seguir normal y eso fue lo que le ocurrió a Ana De Haro Mejía.

A sus 41 años, llevaba una vida activa: tiene una agencia de viajes, daba clases, hacía ejercicio y anhelaba convertirse en madre. Lo único que buscaba era retomar un seguro médico y hacerse estudios para iniciar un embarazo. Lo que nunca imaginó es que que aquella decisión terminaría revelando un tumor cerebral creciendo dentro de su cabeza.

"Yo no tenía ningún síntoma. No me dolía la cabeza, no tenía nada", contó a Sumédico.

El diagnóstico apareció de manera accidental durante una resonancia magnética solicitada por sus antecedentes de epilepsia juvenil, una condición que había logrado controlar desde hacía casi dos décadas.

“Los doctores me dijeron que fue bueno descubrirlo así, porque si no, me hubiera dado cuenta cuando ya hubiera perdido el habla, la movilidad o incluso hasta me podía morir”, dijo.

A pesar de que el tumor era un meningioma benigno, ya ejercía presión sobre estructuras delicadas del cerebro y el cráneo. La cirugía era urgente.

Entonces comenzó otra batalla: conseguir quién la operara y cómo pagar el procedimiento.

Sin cobertura para enfermedades neurológicas y tras perder años antes un seguro médico por sus antecedentes de epilepsia, Ana recibió presupuestos que iban desde los 600 mil pesos hasta los dos millones.

Finalmente encontró un especialista que le ofreció una cirugía menos invasiva y más precisa para disminuir el daño cerebral. "Yo pensé lo peor antes de operarme. Dejé todo organizado en mi negocio por cualquier cosa".

La operación fue exitosa. Ana despertó hablando, consciente y sin secuelas motoras graves. Pero sobrevivir no significó volver a la normalidad. Durante la intervención, los médicos tuvieron que retirar una parte de su cráneo porque el hueso ya estaba comprometido por el tumor. Desde entonces, vive con una parte del cerebro sin protección ósea mientras espera una craneoplastia, una cirugía reconstructiva indispensable para proteger nuevamente su cabeza.

"Haz de cuenta que siento como si me estuvieran presionando el cerebro con un puño todo el tiempo", describe.

La ausencia de esa parte del cráneo le provoca agotamiento extremo, intolerancia al calor, dolor, problemas de concentración y cambios emocionales severos.

"Cualquier cosita me hacía llorar. Yo decía: ‘¿me estoy volviendo loca o qué me está pasando?", recuerda.

Además, las convulsiones regresaron después de casi 18 años sin crisis importantes. Los médicos le explicaron que las cicatrices cerebrales derivadas de la cirugía pueden volver a detonar episodios epilépticos, por lo que ahora necesita tratamiento anticonvulsivo durante al menos un año.

La vida que quedó pausada

Ana asegura que lo más difícil ha sido aceptar que ya no puede vivir al ritmo que tenía antes: "Puedo vivir así, sí… pero no con la calidad de vida que yo tenía", dice.

Antes podía trabajar jornadas completas, viajar constantemente y dar clases durante horas. Ahora, el cansancio físico y mental la obliga a detenerse después de pocas horas de actividad.

"He puesto todo de mi parte para salir adelante. He regresado a trabajar, pero mi cuerpo aún tiene límites: solo puedo trabajar a un 75% de mi capacidad, pues después de 4 horas el cansancio me obliga a detenerme. Mi madre, que tiene 82 años, ha sido mi gran apoyo, pero debido a su edad ya no puede trabajar al ritmo necesario para cubrir estos gastos médicos extraordinarios”, explica en la colecta “Dona para ayudarme a proteger mi vida y recuperar mi salud”, que tiene como objetivo reunir 350 mil pesos para costear la cirugía.

Los medicamentos que actualmente toma impiden cualquier embarazo y la prioridad médica ahora es completar su recuperación neurológica.

A eso se suma la presión económica. La primera cirugía fue financiada mediante créditos familiares que aún continúan pagando. Ahora necesita alrededor de 350 mil pesos para costear una prótesis craneal especializada y la cirugía reconstructiva.

Cuando la salud también se convierte en una deuda

La historia de Ana refleja una realidad que enfrentan miles de personas en México: sobrevivir a una enfermedad grave puede convertirse también en una crisis financiera.

De acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), el gasto de bolsillo en salud aumentó 7.9% entre 2022 y 2024, mientras más familias enfrentan gastos catastróficos derivados de tratamientos especializados.

En enfermedades neurológicas, donde los procedimientos suelen ser altamente costosos y complejos, muchas personas quedan atrapadas entre la necesidad médica y la falta de cobertura suficiente.

Hoy, Ana intenta reconstruir algo más que una parte de su cráneo: intenta recuperar la vida que tenía antes de aquella resonancia magnética que, sin buscarlo, terminó revelando una enfermedad que llevaba años creciendo en silencio.