Hablar de un México “sin lista de espera” para trasplantes de hígado suena esperanzador. La consigna, impulsada recientemente por el Centro Nacional de Trasplantes (CENATRA), apunta a una meta que cualquier sistema de salud debería perseguir: que ningún paciente muera esperando un órgano que nunca llega.
Las autoridades destacan que para fortalecer esta área ya se cuenta con 34 hospitales activos, avances tecnológicos como la cirugía robótica y una ruta clara hacia la eficiencia. Pero cuando se confronta esa narrativa con otras investigaciones clínicas y académicas recientes, el panorama cambia, ya que México enfrenta todavía un modelo que aún enfrenta barreras.
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Una investigación publicada en World Journal of Transplantation alerta que la mortalidad por enfermedades hepáticas pasó de 31 mil 528 muertes en 2008 a más de 40 mil en 2023. Ese mismo año, apenas el 0.7% de los pacientes que requerían un trasplante logró recibirlo. La tasa de donación de personas fallecidas en México sigue siendo una de las más bajas de América Latina: apenas 2.99 donantes por millón de habitantes, muy lejos de los 20.1 de Uruguay o los 16.1 de Brasil. No se trata únicamente de una falta de cultura de donación; el problema es estructural, sistémico y también político.
Hasta ahora, un paciente afiliado a un subsistema público no puede ser atendido en otro hospital público sin convenios específicos, aun cuando su vida dependa de ello. Esa fragmentación convierte la urgencia médica en un trámite burocrático. Los expertos alertan también que aunque existen 84 centros autorizados para trasplante hepático, sólo 23 están realmente activos y apenas siete realizan más de 10 procedimientos al año, además, señalan que el 97.3% de esta actividad se concentra en Ciudad de México, Nuevo León y Jalisco, obligando a pacientes de todo el país a migrar en estado crítico para buscar una oportunidad.
Mientras que otra investigación publicada por la International Pediatric Transplant Association alerta que la legislación mexicana establece que los órganos pediátricos deben priorizarse para pacientes pediátricos, pero la práctica cuenta otra historia. Entre 2014 y 2024, más del 60% de los hígados de donantes pediátricos terminaron en receptores adultos. Mientras tanto, 146 niños murieron en lista de espera. La tasa de mortalidad infantil por espera de trasplante hepático alcanza el 34.4%, muy lejos de otros países si se compara con menos del 2% en Italia o el 8% en Nueva Zelanda.
Por eso la importancia de que México transite hacia un sistema universal, como el plantea actualmente el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, que deje atrás la lógica fragmentada de hospitales y subsistemas. Los investigadores señalan que además es fundamental que se prioricen criterios objetivos como la puntuación MELD/PELD para asignar órganos según la urgencia médica.
También señalan que urge ampliar la base de donantes con estrategias ya probadas en otros países: protocolos de donación tras muerte circulatoria, la bipartición hepática que permite salvar a dos pacientes con un solo hígado, y el uso responsable de donantes con criterios extendidos, incluyendo pacientes con hígado graso o hepatitis C, aprovechando los avances terapéuticos actuales.
La promesa de un México sin listas de espera es posible, pero requiere aún de un esfuerzo importante de las autoridades y la población. Asimismo, debe convertirse en una política pública medible, transparente y profundamente humana
VRS: una ventana en donde la industria farmacéutica entra al quite
La incorporación de la vacuna contra el virus sincicial respiratorio (VRS) para embarazadas es un paso relevante: busca proteger al bebé antes de nacer mediante la transferencia de anticuerpos y aplicada entre las semanas 32 y 36 de gestación, promete reducir casos graves y hospitalizaciones. Esto es prevención anticipada.
Pero hay un punto que no se puede ignorar: el tiempo.
Como advierte el epidemiólogo Jaeson Velasco Orea, las vacunas no actúan de inmediato, pueden tardar hasta dos semanas en generar una respuesta inmunológica efectiva. Y eso abre una pregunta clave: ¿qué pasa si el parto se adelanta y el bebé nace antes de que la vacuna haga efecto?
Bajo ese escenario, la protección no está garantizada.
Ahí es donde entra la otra cara de la moneda, impulsada por la industria farmacéutica. Compañías como Sanofi ya tienen disponible en México un anticuerpo monoclonal, una alternativa que no depende de los tiempos del sistema inmune, pero que se administra directamente al bebé y actúa desde el primer momento.
Así que, mientras la vacuna ofrece protección, pero requiere tiempo, el anticuerpo monoclonal la ofrece de inmediato, aunque de forma temporal.
En realidad ambas estrategias se complementan; sin embargo, en la realidad operan distinto: la vacuna forma parte del esquema público y es gratuita; mientras que el anticuerpo, por ahora, está en la cancha del sector privado y hay que pagar por ella.
