Durante más de siete décadas, la vida de Martha Lillard estuvo ligada a una enorme máquina metálica que le permitía hacer algo tan básico como respirar. Después de contraer poliomielitis cuando apenas tenía cinco años, esta mujer de Oklahoma pasó alrededor de 73 años utilizando un pulmón de acero, convirtiéndose en la última paciente conocida en Estados Unidos que seguía dependiendo de este dispositivo.
Su historia, retomada por la BBC tras su fallecimiento el pasado 26 de junio a los 78 años, se convirtió en un recordatorio del impacto que tuvo la poliomielitis antes de la vacunación masiva y de la capacidad de adaptación del ser humano.
La enfermedad que cambió su vida
La poliomielitis fue una de las enfermedades más temidas del siglo XX, antes de la llegada de las vacunas, miles de niños desarrollaban parálisis permanente y muchos morían porque el virus atacaba los músculos encargados de respirar.
Según relató su hermana menor, Cindy McVey, Martha Lillard despertó una mañana sin poder levantar la cabeza de la almohada.
"Martha se despertó un día y no podía levantar la cabeza; dijo que supo de inmediato que tenía polio porque había oído hablar mucho de ella", dijo.
Después de ser hospitalizada, los médicos determinaron que el virus había paralizado los músculos respiratorios, por lo que necesitaba un pulmón de acero para sobrevivir.
¿Qué era un pulmón de acero?
El pulmón de acero fue uno de los dispositivos médicos más importantes durante las epidemias de poliomielitis de las décadas de 1940 y 1950. Se trataba de un enorme cilindro metálico en el que el paciente permanecía acostado con todo el cuerpo dentro, excepto la cabeza.
A diferencia de los ventiladores modernos que empujan aire hacia los pulmones mediante presión positiva, este aparato funcionaba mediante presión negativa.
Un motor extraía el aire del interior del cilindro, creando un vacío que hacía que el pecho se expandiera y los pulmones inhalaran aire. Después, la presión volvía a la normalidad y permitía la exhalación. Durante el pico de la epidemia de polio, decenas de miles de personas dependieron de estas máquinas para mantenerse con vida.
Para muchos niños, permanecer horas dentro de aquel cilindro metálico resultaba aterrador, pero Martha nunca sintió miedo. Su hermana recuerda que, lejos de verlo como un castigo, el pulmón de acero representaba alivio.
"No le tenía miedo a la máquina, le daba nuevas energías y la hacía sentir mejor", dijo.
A lo largo de su vida necesitó pasar varias horas al día dentro del dispositivo para descansar y recuperar la fuerza necesaria para respirar.
Una vida llena de logros
Aunque dependía de un pulmón de acero, Martha estaba decidida a vivir con la mayor independencia posible y tras meses de fisioterapia, terapia ocupacional y ejercicios acuáticos logró recuperar parcialmente la movilidad de las piernas y del brazo izquierdo.
"Ella podía hacer cosas que la mayoría de los pacientes con pulmón de acero no podían hacer", recordó su hermana y gracias a esas adaptaciones consiguió vivir sola durante muchos años.
Su familia recuerda que Martha no permitió que la enfermedad limitara sus intereses: era pintora y elaboraba paisajes, también disfrutaba pasar horas conversando con Alexa para resolver dudas sobre prácticamente cualquier tema.
"Era muy resiliente; siempre encontraba la manera de salir adelante o se las arreglaba", comentó.
La enfermedad tampoco le impidió enamorarse.
Durante más de 20 años mantuvo una relación a distancia con Baha Salh, un hombre originario de Egipto y después de obtener una visa para vivir en Estados Unidos, ambos finalmente pudieron reunirse y se casaron en febrero de este año, unos meses antes del fallecimiento de Martha.
El certificado oficial señaló como causa de muerte el síndrome pospoliomielítico e insuficiencia pulmonar crónica, aunque su hermana considera que la covid persistente agravó significativamente su estado de salud y contribuyó al desenlace.
Antes del desarrollo de las vacunas contra la poliomielitis en las décadas de 1950 y 1960, miles de personas quedaron con secuelas permanentes y muchas dependieron durante años de pulmones de acero para seguir respirando.
