La enfermedad por hígado graso asociada a disfunción metabólica progresa de forma silenciosa en millones de personas en México y el mundo, muchas de ellas sin saber que ya presentan daño hepático que puede evolucionar a cirrosis, cáncer de hígado o complicaciones cardiovasculares.
Estimaciones internacionales señalan que más de 1,300 millones de personas viven con esta condición, mientras que cerca del 80 por ciento desconoce su diagnóstico. En México, su prevalencia se ubica entre el 40 y el 60% de la población adulta, impulsada por el incremento de obesidad y sobrepeso.
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El Instituto Mexicano del Seguro Socia (IMSS)l explica que la esteatosis hepática metabólica- antes conocida como hígado graso no alcohólico- es un trastorno crónico caracterizado por la acumulación de grasa en el hígado en ausencia de consumo excesivo de alcohol u otras causas como hepatitis viral o fármacos.
Se trata de una enfermedad fuertemente asociada a la obesidad, la diabetes tipo 2, la dislipidemia y el síndrome metabólico, condiciones que deterioran progresivamente la función del órgano.
Epidemia silenciosa
El principal problema es su carácter silencioso, pues en etapas tempranas no presenta síntomas evidentes y suele detectarse de forma incidental, como advierte el propio IMSS, cuando se realizan estudios por otras causas médicas.
El espectro clínico va desde la acumulación simple de grasa hasta inflamación, fibrosis, cirrosis e incluso cáncer hepático. Especialistas del Hospital Civil de Guadalajara han advertido que este proceso puede avanzar sin señales claras durante años, lo que retrasa su diagnóstico.
Además del daño hepático, el riesgo cardiovascular es una de las principales consecuencias. De acuerdo con especialistas del mismo hospital, muchos pacientes pueden presentar infartos o eventos cerebrovasculares antes de desarrollar complicaciones hepáticas avanzadas.
En México, donde alrededor del 75% de los adultos presenta sobrepeso u obesidad, según datos clínicos citados por especialistas del Hospital Civil de Guadalajara, el panorama es particularmente preocupante por la alta vulnerabilidad metabólica de la población.
El endocrinólogo Roberto Barrientos, del mismo hospital, explicó que la resistencia a la insulina es un factor clave en el desarrollo de la enfermedad, ya que provoca acumulación de grasa en el hígado y deterioro progresivo de su función.
El tratamiento incluye pérdida de peso, alimentación balanceada, actividad física regular y, en algunos casos, medicamentos. Sin embargo, los especialistas coinciden en que el eje central es la modificación del estilo de vida.
¿Cómo evaluar el daño?
El diagnóstico suele realizarse mediante perfil hepático y ultrasonido, aunque este último puede detectar la enfermedad cuando ya existe acumulación importante de grasa. El Centro Médico ABC ha señalado que en la actualidad también se utilizan métodos no invasivos como la elastografía hepática para evaluar el grado de daño.
Uno de los principales retos es que la enfermedad puede tardar entre 10 y 20 años en progresar sin síntomas claros, pasando de esteatosis a fibrosis y cirrosis, lo que dificulta su detección temprana.
Los especialistas también alertan sobre el consumo de alcohol y el uso indiscriminado de suplementos o herbolaria, que pueden agravar el daño hepático en personas con alteraciones metabólicas.
La evidencia médica coincide en que la prevención es la herramienta más efectiva: hábitos saludables, control de enfermedades metabólicas y reducción del consumo de productos no prescritos son clave para disminuir el riesgo.
El hígado graso es una enfermedad metabólica de alto impacto que crece en silencio y que podría convertirse en una de las principales causas de enfermedad crónica en las próximas décadas, según los especialistas.
