En consulta, la depresión “no se ve igual” a los 15, a los 40 o a los 75 años. Y si algo complica el diagnóstico en el adulto mayor es que, muchas veces, la tristeza no llega como protagonista: llega disfrazada.
En niños y adolescentes, la depresión suele gritar con irritabilidad, explosividad, caída del rendimiento escolar, aislamiento, problemas de conducta o somatizaciones breves, a veces intermitentes. En el adulto medio, el cuadro tiende a reconocerse mejor: ánimo bajo, anhedonia, fatiga, alteraciones de sueño, culpa, ideas de muerte, además de la fricción con el trabajo y la pareja. Pero en el adulto mayor el cuadro es más “silencioso” y clínicamente tramposo: predominan el enlentecimiento, la apatía, la pérdida de iniciativa, la ansiedad y un sufrimiento que se expresa por el cuerpo.
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Dos rasgos distintivos: cuerpo y consultas “sin fin”
1. Quejas somáticas frecuentes. Dolor difuso, opresión torácica, “falta de aire”, mareos, problemas gastrointestinales, cansancio extremo, insomnio o pérdida de apetito. No es teatro: es depresión hablando en el idioma que el cuerpo permite. Esta presentación puede llevar a estudios repetidos y tratamientos innecesarios si no se identifica el componente afectivo
2. Solicitudes de atención desmedidas (hiperfrecuentación). El paciente consulta una y otra vez por síntomas cambiantes, con gran preocupación por la salud, visitas a múltiples especialistas, llamadas constantes a familiares o cuidadores, o urgencias recurrentes. Detrás suele haber ansiedad, soledad, pérdidas acumuladas y miedo a la dependencia.
Cifras que ayudan a dimensionar el problema
A escala global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 5.9% de las personas de 70 años o más viven con depresión. Y cuando hablamos de “síntomas depresivos” (no necesariamente depresión mayor), las cifras suben: en adultos mayores que viven en comunidad, algunas guías clínicas reportan alrededor de 10%, y en contextos de hospitalización o institucionalización pueden ser mayores.
Manejo: lo “especial” en esta población
En el adulto mayor, tratar depresión no es solo “recetar un antidepresivo”. Es una estrategia completa:
- Descartar mimetizadores y comorbilidad: hipotiroidismo, anemia, dolor crónico, apnea del sueño, efectos adversos de fármacos, duelo complicado, consumo de alcohol, y diferenciar depresión vs. deterioro cognitivo/demencia (la “pseudodemencia depresiva” existe).
- Psicoterapia adaptada: terapia cognitivo-conductual, terapia de solución de problemas y enfoques de reminiscencia; funcionan especialmente bien cuando se integran metas concretas y rutinas.
- Farmacoterapia con regla de oro: start low, go slow (iniciar con dosis bajas y subir lentamente), vigilando interacciones, caídas, fragilidad, sodio (hiponatremia) y carga anticolinérgica. Varias guías colocan a los ISRS como primera línea, eligiendo con criterio geriátrico.
- Intervenciones no farmacológicas que sí cambian el pronóstico: actividad física adaptada, higiene de sueño, rehabilitación sensorial (audición/visión), y sobre todo reconstrucción de red de apoyo (familia, comunidad, grupos, propósito). La OMS subraya el papel de soledad/aislamiento como riesgo clave en etapas tardías de la vida.
- Cuando urge o no hay respuesta: derivación oportuna; y en depresión grave, la terapia electroconvulsiva sigue siendo una opción altamente efectiva en geriatría bajo supervisión especializada.
La gran trampa es asumir que “ya es la edad”. No: envejecer no deprime. Lo que deprime es el dolor no atendido, la pérdida de rol, la soledad, la enfermedad crónica mal manejada… y el silencio. En el adulto mayor, escuchar con precisión (y mirar más allá del síntoma físico) puede ser la diferencia entre años de sufrimiento y una recuperación real.
