Daniel tenía 24 años cuando sus ojos se tiñeron de amarillo. Una comida callejera, un diagnóstico inesperado y meses de recuperación marcaron su historia, que se repite cada año en México.
La vida de Luis Daniel Hernández Reyes cambió en febrero de 2020. No por la pandemia que se avecinaba, sino por un color que no debería estar en sus ojos. “Empecé a ver mis ojos amarillos y una parte de mi piel un poco amarilla”, recuerda. Tenía 24 años cuando acudió al médico y recibió el diagnóstico: hepatitis A.
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Cada 27 de julio se conmemora el Día Mundial contra la Hepatitis, una enfermedad que puede causar graves problemas en el hígado si no se trata a tiempo.
El origen de la infección por hepatitis de Daniel, cree, fue una noche de comida callejera. El doctor le explicó que el periodo de incubación del virus es de aproximadamente un mes, lo que le permitió identificar el probable momento del contagio. “Probablemente fue ahí donde pude contraer la hepatitis”, afirma Daniel.
Desde entonces, su vida se organizó en torno a cuidados extremos. Tres semanas de incapacidad, reposo absoluto, vajilla separada en casa y la difícil tarea de explicar a su familia por qué debía mantener distancia. “Separado: mi propio plato, mi propio vaso, lavar todo muy bien”, relata.
El contagio por alimentos o agua contaminados es la vía más común de transmisión de la hepatitis A, especialmente en zonas con saneamiento deficiente. Esta variante, a diferencia de la B o C, no suele volverse crónica y el organismo logra eliminar la infección por completo.
Daniel perdió peso rápidamente, su estómago se volvió extremadamente sensible y la fatiga le impedía realizar actividad física. “Estuve esas tres semanas en casa con todos esos cuidados intensos”, recuerda.
Daniel originario de Morelos, regresó a la Ciudad de México para reincorporarse al trabajo, pero los problemas digestivos persistían: diarreas frecuentes y malestar estomacal.
Fue entonces cuando llegó el confinamiento por Covid-19. Irónicamente, el encierro le permitió continuar su recuperación. “Me regreso a casa y eso me ayudó a poder continuar con mi recuperación de la hepatitis”, explica. En total, necesitó de dos a tres meses para sentirse completamente recuperado.
Pero la historia no terminó ahí. Meses después, en agosto de 2020, comenzó a experimentar diarrea crónica: evacuaba una vez al día, pero siempre con consistencia líquida. Durante meses, así fue. Acudió nuevamente al médico, se sometió a estudios: colonoscopia, endoscopia, pruebas para descartar enfermedad celíaca y citomegalovirus. Todo salió bien.
“Nunca se estableció ninguna relación entre lo que me sucedió en agosto respecto a la diarrea crónica y la hepatitis”, lamenta. Para él, sin embargo, fue una secuela evidente. Finalmente, en noviembre, con ayuda de un nutriólogo y una dieta especializada para síndrome de intestino irritable, logró recuperar su peso y normalizar su salud.
“Tengo que cuidar mi hígado. Tengo que tener cuidado con el alcohol. Y todavía no termino de entender si hay restricciones para la donación de sangre”, reflexiona. “Me han dicho que ya no puedes donar sangre. Me apena mucho porque para cualquier emergencia siempre es importante estar disponible”.
Un rostro entre miles
México se ubica en el 2º lugar de la región con más casos de hepatitis, sumando un estimado de 1.6 millones de personas infectadas en la actualidad, sin embargo, el sistema de salud ofrece sin costo un esquema terapéutico con una tasa del 98% de efectividad, que consiste en tomar una tableta al día durante 12 semanas, apto para los seis genotipos del virus.
Asimismo, la vacuna contra la hepatitis B está integrada en el calendario infantil de forma eficaz desde 1985, donde la OMS recomienda aplicarla en las primeras 24 horas del recién nacido.
Por su parte, la vacuna contra la hepatitis A se administra de forma específica en guarderías públicas y en comunidades afectadas por desastres naturales debido al riesgo de agua contaminada.
Para el Dr. Ricardo Macías Rodríguez, integrante del comité científico de la Fundación Mexicana para la Salud Hepática (Fundepa), la hepatitis es un término que abarca mucho más de lo que la población cree.
“El término hepatitis denota inflamación a nivel del hígado. Puede deberse a muchas causas: ingesta excesiva de alcohol, uso de medicamentos que dañan el hígado y, por supuesto, infección por virus de hepatitis”, explica.
El especialista detalla que existen cinco tipos de hepatitis virales, de la A a la E, y se diferencian principalmente por su vía de transmisión. “La hepatitis A y E se transmiten por comida o agua contaminada, a través del tracto gastrointestinal. La B, C y D requieren contacto con sangre o secreciones corporales”, aclara.
La diferencia fundamental, subraya el doctor Macías, es que la hepatitis A y E prácticamente no se asocian con cronicidad. “Son infecciones que ocurren y una vez que el cuerpo las elimina, el hígado regresa a su función normal. La infección no persiste”, explica. Esto contrasta con la B y C, que pueden permanecer en el organismo durante años, décadas o toda la vida, causando daño progresivo al hígado.
El doctor advierte que los síntomas suelen ser muy inespecíficos: malestar general, fatiga, fiebre de bajo grado, náuseas, vómito, pérdida de apetito y dolor muscular. “Son síntomas que perfectamente puede ocasionar cualquier gripa o infección gastrointestinal. Por eso es difícil detectarla a tiempo”, señala.
En casos más aparatosos, aparece la ictericia (coloración amarillenta de piel y ojos), orina oscura (coluria) y heces blanquecinas (acolia), síntomas que sí llevan a la persona al médico. “En un caso extremo puede haber falla hepática aguda y alteraciones de la conciencia”, agrega.
Cuando la infección se vuelve crónica
La verdadera peligrosidad de la hepatitis, según el doctor Macías, depende del estado previo del hígado. “Si existe una enfermedad hepática previa —por consumo de alcohol, hígado graso o diabetes— el daño puede ser mucho más severo”, advierte. Sin embargo, la presentación aguda que lleva a falla hepática fulminante es rara, menor al 1%.
El especialista enfatiza la relación directa entre la hepatitis crónica y el cáncer de hígado. “La inflamación que ocasiona la exposición prolongada a los virus B y C puede derivar en que las células muten hasta convertirse en un tumor maligno, especialmente en pacientes que desarrollan cirrosis hepática”.
Un llamado a la detección y la prevención
El Dr. Macías Rodríguez hace un llamado contundente: “Prácticamente todos deberían realizarse en algún momento de su vida una evaluación para hepatitis B y C, crónicas”. Y es que hoy existen herramientas efectivas: una vacuna muy eficaz contra la hepatitis B y, desde hace algunos años en México, acceso gratuito a antivirales de acción directa que curan la hepatitis C en 8 a 12 semanas.
“Solamente al quitar esta infección, la posibilidad de que la persona desarrolle cirrosis o cáncer de hígado se nulifica”, afirma el especialista. Los grupos de mayor riesgo incluyen trabajadores de la salud, personas que comparten jeringas, quienes reciben transfusiones, pacientes sometidos a procedimientos dentales sin la higiene adecuada, y personas que se realizan tatuajes o perforaciones en lugares no certificados.
“También hay riesgo al compartir rastrillos por el microtrauma que genera sangrado, o incluso en barberías si no se desechan las navajas adecuadamente”, advierte.
Más allá del cuerpo: el impacto emocional
El especialista destaca que la hepatitis crónica afecta también la salud mental y la calidad de vida. “Existen escalas para medir la calidad de vida en enfermedades hepáticas crónicas y se ha visto que las personas con estas infecciones tienen afectación en diferentes dominios: preocupación, rol social, fatiga y dolor abdominal”, explica.
Día Mundial de la hepatitis
El Dr. Macías coincide en la importancia de visibilizar estas enfermedades. El Día Mundial de la Hepatitis, que se conmemora el 28 de julio, busca precisamente crear conciencia. “No es algo menor. Es prevenible o curable. Invitar a las personas que tengan factores de riesgo a hacerse estudios y detectarlas puede mejorar sustancialmente su calidad de vida y evitar cirrosis, cáncer y mortalidad”.
Conmemorar el Día Mundial de la Hepatitis cada 28 de julio no es un acto simbólico. Es, según el doctor Macías, una oportunidad para “invitar a las personas con factores de riesgo a hacerse estudios, detectar la infección a tiempo y mejorar su pronóstico”.
Síntomas de alerta de la hepatitis
El doctor Macías enumera las señales que deben encender las alarmas:
- Ictericia: coloración amarillenta en la piel y en lo blanco de los ojos.
- Coluria: orina de color oscuro, como refresco de cola.
- Acolia: heces de color blanquecino o pálido.
- Fatiga extrema y malestar general que no cede.
- Dolor abdominal: especialmente en el lado derecho.
- Pérdida de apetito y náuseas persistentes.
- Fiebre de bajo grado.
En el contexto de la hepatitis A, el contagio se produce principalmente por vía fecal-oral: ingestión de agua o alimentos contaminados, malas prácticas de higiene, o contacto con una persona infectada. La OMS enfatiza que mejorar el saneamiento, la inocuidad de los alimentos y la higiene personal son medidas clave, además de la vacunación.
Para prevenir la hepatitis B y C, el doctor Macías recomienda evitar compartir objetos que puedan tener contacto con sangre (rastrillos, navajas, agujas), asegurarse de que los materiales para tatuajes y perforaciones estén esterilizados, y acudir a médicos y establecimientos certificados.
Para Daniel, la hepatitis quedó atrás, pero dejó preguntas y una nueva conciencia sobre su salud. “Afortunadamente ya todo normal. He podido hacer mi vida normal, pero tengo que cuidar mi hígado”, concluye.
Su historia es un recordatorio de que una comida callejera, una jeringa compartida o una transfusión sin control pueden cambiar la vida de cualquiera. Y que, a diferencia de lo que muchos creen, la hepatitis no es un problema del pasado. Sigue aquí, y cada día sin diagnóstico, cuenta.
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