La carne de pollo ocupa un lugar central en la alimentación de millones de mexicanos. Su precio accesible, aporte de proteínas de alta calidad y versatilidad en la cocina la convierten en uno de los alimentos de origen animal más consumidos en el país. Sin embargo, especialistas advierten que, aunque se trata de un producto seguro para el consumo humano, un manejo inadecuado puede favorecer la proliferación de bacterias capaces de provocar desde malestares gastrointestinales hasta complicaciones de salud más severas.
La discusión sobre la seguridad de esta carne cobró relevancia en los últimos meses debido a los casos de síndrome de Guillain-Barré reportados en Tlaxcala. Aunque se trata de una enfermedad poco frecuente, algunas investigaciones han identificado una relación entre este padecimiento y la infección por Campylobacter jejuni, una bacteria que puede encontrarse en aves de corral contaminadas.
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Un alimento seguro, pero no exento de riesgos
Expertos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) señalan que consumir pollo no significa desarrollar síndrome de Guillain-Barré. Sin embargo, sí existe el riesgo de contraer infecciones alimentarias cuando el producto no se conserva o prepara de forma adecuada.
El síndrome de Guillain-Barré es una afección en la que el sistema inmunológico ataca los nervios periféricos y sus manifestaciones pueden variar desde debilidad muscular temporal hasta parálisis severa y, en casos extremos, comprometer funciones vitales.
Aunque la mayoría de las personas que consumen pollo nunca desarrollarán esta enfermedad, los especialistas destacan que la presencia de bacterias como Campylobacter y Salmonella en alimentos contaminados representa un problema de salud pública que puede prevenirse con medidas básicas de higiene.
El peligro está en la temperatura
Uno de los factores más importantes para evitar la contaminación es mantener la cadena de frío, es decir, las bacterias presentes en la carne de pollo encuentran condiciones ideales para multiplicarse cuando la temperatura se ubica entre los 5 y los 60 grados Celsius.
Por ello, una vez adquirido el producto, se recomienda trasladarlo rápidamente al refrigerador, donde debe mantenerse por debajo de los 5 grados Celsius. Si no se va a consumir en las siguientes horas, lo más recomendable es congelarlo.
Los especialistas también aconsejan comprar únicamente la cantidad que se utilizará en el momento de la preparación para reducir el tiempo de almacenamiento y minimizar riesgos.
Desde la compra hasta la cocina
La seguridad alimentaria comienza desde el punto de venta, pues la recomendación es adquirir pollo en establecimientos que cuenten con sistemas adecuados de refrigeración, buenas prácticas de higiene y, de ser posible, certificaciones sanitarias como el sello Tipo Inspección Federal (TIF).
Una vez en casa, el manejo correcto resulta fundamental: el pollo crudo debe mantenerse separado de otros alimentos para evitar la contaminación cruzada, asimismo, se recomienda utilizar tablas, cuchillos y utensilios exclusivos para su preparación o lavarlos y desinfectarlos cuidadosamente después de cada uso.
Contrario a una práctica común en muchos hogares, los especialistas señalan que no es necesario lavar la carne de pollo antes de cocinarla. De hecho, hacerlo puede dispersar microorganismos mediante pequeñas salpicaduras que contaminan superficies, utensilios y otros alimentos cercanos.
La cocción, la mejor barrera contra las bacterias
La medida más efectiva para eliminar microorganismos potencialmente peligrosos es una cocción completa. El pollo nunca debe consumirse crudo o parcialmente cocido, ya que el calor suficiente destruye las bacterias que pudieran estar presentes.
La recomendación es asegurarse de que la carne alcance una temperatura superior a los 60 grados Celsius y verificar que no existan zonas rosadas en su interior.
De acuerdo con datos del Consejo Mexicano de la Carne, México es el quinto consumidor mundial de carne de pollo y esta proteína representa la de mayor consumo entre los productos de origen animal en el país.
Cada año se consumen más de 4.6 millones de toneladas y, en promedio, cada mexicano ingiere alrededor de 35 kilogramos de pollo. Estas cifras reflejan la importancia de reforzar las medidas de seguridad alimentaria para reducir el riesgo de enfermedades asociadas con su consumo.
