Hay un invitado silencioso que no se va de los hospitales y que, lejos de retroceder, sigue sumando víctimas. Se llama Candida auris, un hongo que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE.UU. ya consideran una "amenaza crítica para la salud pública" y que, hasta julio de este año, ha registrado 3.437 casos clínicos en 27 estados, una cifra que se acerca peligrosamente a los 4.290 casos de todo 2025.
Pero no se deje engañar por el nombre: no es un virus, sino una levadura con una habilidad especial para resistir productos de limpieza y adherirse a superficies hospitalarias. Su principal blanco no son los sanos, sino los más frágiles: pacientes internados, personas mayores y aquellos con sistemas inmunológicos debilitados que ya luchan contra otras enfermedades.
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¿Qué es este hongo y por qué preocupa tanto?
Candida auris no es un patógeno cualquiera. Se propaga por contacto con objetos y personas contaminadas, pero su verdadera ventaja evolutiva es su capacidad para persistir en entornos sanitarios mucho más tiempo que otros gérmenes, tal como explica el Dr. Graham Snyder, del Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh. No cede ante ciertos desinfectantes y puede sobrevivir en camillas, barandas y equipos médicos durante días.
El primer caso se detectó en Japón en 2009, y en EE.UU. llegó en 2016. Desde entonces, los CDC lo clasifican como una "amenaza urgente" no solo por su resistencia ambiental, sino también porque muchas cepas son resistentes a las tres clases de medicamentos antimicóticos disponibles, lo que convierte cualquier infección en un desafío clínico mayúsculo.
Colonización vs. infección: dos caras del mismo hongo
Una persona puede tener C. auris de dos maneras muy distintas, según explica el Dr. Scott Roberts, de la Universidad de Yale. La primera es la colonización: el hongo está en la piel, generalmente en axilas o ingles, pero no causa síntomas. La segunda es la infección: cuando el microorganismo entra al cuerpo a través de una herida y llega al torrente sanguíneo, desencadenando fiebre, presión arterial baja o incluso sepsis.
La mayoría de los casos clínicos reportados corresponden a infecciones sanguíneas en pacientes hospitalizados. Sin embargo, el Dr. Nitipong Permpalung, de Johns Hopkins, aclara que el aumento de casos también responde a que hoy se realizan más pruebas de detección, lo que permite distinguir entre colonizados e infectados. Aun así, admite: "Comprendo la preocupación. Necesitamos más datos".
¿Quién está en riesgo y qué síntomas alertan?
El perfil del paciente vulnerable es claro: personas que reciben quimioterapia, se recuperan de cirugías, toman antibióticos de amplio espectro o tienen enfermedades crónicas. El Dr. Ilan Schwartz, de la Universidad de Duke, señala que, si bien el hongo puede ser mortal "en las circunstancias precisas", no es algo de lo que la población general deba preocuparse activamente, ya que afecta a quienes ya están internados y bajo supervisión médica.
Los síntomas de alarma cuando la infección avanza incluyen fiebre persistente, ritmo cardíaco elevado y presión arterial baja, signos que el personal sanitario está entrenado para identificar. El problema, advierte Schwartz, es que estos síntomas son inespecíficos y pueden confundirse con otras infecciones, por lo que la detección temprana sigue siendo un desafío.
Prevención y el desafío de los hospitales
Frente a un hongo que "no se va", los hospitales han tenido que redoblar sus protocolos de limpieza y desinfección. Snyder señala que, al saber que C. auris está presente, se presta especial atención al entorno, pero la realidad es que no todos los centros cuentan con la capacidad de laboratorio para identificarlo.
Roberts advierte que, una vez que el hongo coloniza a una persona, no hay mucho que hacer más que tratar los síntomas a medida que aparecen. Lo fundamental, enfatiza, es la conciencia: informar al personal y a los convivientes, lavarse las manos meticulosamente y evitar compartir equipos médicos sin desinfectar. Aunque la propagación continúa, las pruebas de detección y el aislamiento de pacientes siguen siendo las herramientas más efectivas para frenar su avance.
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