Hay amores que matan. El de Juan Eduardo Hohberg por la camiseta celeste casi lo hace de verdad. En una tarde de junio en Suiza, este delantero nacido en Argentina, pero uruguayo por convicción, vivió el episodio más extremo que pueda registrar una cancha de futbol: marcar un gol, morir de emoción y volver a la vida para seguir jugando.
La historia ocurrió el 30 de junio de 1954, en el Stade Olympique de la Pontaise, durante la semifinal del Mundial entre Uruguay y Hungría. Lo que sucedió en aquel césped helado no fue solo futbol. Fue una muestra de resistencia humana que todavía eriza la piel siete décadas después.
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Dos goles que le provocaron un paro cardíaco
Hungría llegaba como el equipo más temido del planeta. Invicto, poderoso, liderado por figuras como Czibor y Hidegkuti. En apenas 45 minutos ya ganaba 2-0 y parecía encaminarse a una final anunciada. Uruguay, el campeón vigente, se desmoronaba sin remedio.
Entonces apareció Hohberg. El Verdugo, como lo apodaban en Peñarol por su instinto asesino en el área, agarró el partido y lo sacudió. Primero al minuto 75: un remate que venció al arquero y devolvió la esperanza a un equipo moralmente roto. Después, al 86, cuando ya todo parecía perdido, quedó mano a mano con el portero húngaro, el balón se le adelantó ligeramente, pero él le pegó con el alma. Gol. Empate 2-2. El partido se iba al tiempo extra y Uruguay había resucitado.
El festejo que lo mató
La celebración fue una explosión de júbilo. Compañeros abrazándose, aficionados uruguayos llorando en las gradas, el milagro consumado. Pero en medio de la euforia, el cuerpo de Hohberg dijo basta. El delantero se desplomó sobre el césped sin previo aviso. No fue un mareo, ni un calambre. Fue un paro cardíaco.
Los masajistas uruguayos, Juan Kirchberg y Carlos Abate, corrieron hacia él y descubrieron lo impensable: Juan Eduardo Hohberg no tenía pulso. Su corazón se había detenido por completo. Durante unos segundos eternos, el goleador celeste estuvo clínicamente muerto en plena cancha del Mundial. Las crónicas de la época, recogidas en el libro "La culpa la tiene el técnico" del periodista Jorge Señorans, confirman que la emoción del gol literalmente le rompió el pecho.
¿Qué es un paro cardíaco?
La Biblioteca de Medicina de los Estados Unidos señala que el paro cardíaco, también conocido como paro cardiaco repentino o súbito, es una afección en la que el corazón deja de latir en forma repentina. Cuando esto ocurre, la sangre deja de fluir hacia el cerebro y otros órganos vitales. Si no se trata, el paro cardiaco suele causar la muerte en cuestión de minutos. Sin embargo, el tratamiento rápido con un desfibrilador puede salvarle la vida.
Hohbger revivió y volvió a la cancha
Los masajistas trabajaron a desesperación sobre su pecho. Masajes cardíacos directos, respiración artificial, súplicas. Y entonces, cuando el silencio ya lo envolvía todo, Hohberg abrió los ojos. Había revivido. Su corazón volvió a latir.
Lo que vino después resulta aún más increíble. El delantero, pálido y débil, se incorporó y pidió seguir en el partido, ya que en aquel entonces no había cambios, los 11 jugadores que iniciaban el partido, lo terminaban.
Los médicos le suplicaron que no, que se fuera al hospital, que su vida corría peligro. Él se negó. Regresó al campo tambaleándose, casi como un fantasma, y se mantuvo de pie durante el tiempo extra. Apenas podía correr, su cuerpo no le respondía, pero su espíritu se negaba a abandonar a sus compañeros.
Un final con derrota y gloria
Hungría terminó imponiéndose 4-2. La lógica aplastó al romanticismo. Pero el resultado fue lo de menos. Aquella tarde, Juan Eduardo Hohberg perdió una semifinal del mundo, pero ganó la eternidad. Su imagen saliendo del campo agotado, con la mirada perdida y el pecho todavía palpitando de milagro, se convirtió en una de las postales más conmovedoras de la historia de los Mundiales.
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